Como si nada.
Como si nada. Entorno a una idea siempre surgen argumentos. A veces defendibles, pero otras los necesitamos para poder refrendar nuestras propias convicciones aunque sepamos que estas son erróneas. En la idea del bien y el mal hay un sentido de orden que debe venir en los genes, debe haber algo en nuestro interior que discierne sin fisuras la disyuntiva entre ambos extremos, después debemos escoger el camino correcto pero eso ya es otro cantar y por ello no siempre se encuentra a nuestro lado la razón y sus poderosas razones y nos empeñemos en defender lo indefendible.
Como contrapartida está la razón de nuestros hechos consumados, los que no pueden volverse hacia atrás. Ellos sí que lo pueden todo. Lo concluido. Lo palpable. ¿Qué mueve a un suicida su delirio impetuoso? ¿Hay un gesto de valor, de sinceridad máxima, en su acto? ¿O es el último gesto que se le ocurre a una persona para llamar la atención, para mantenerse vivo? Suso se lo llevaba pensando mucho tiempo, o por lo menos así lo dejó por escrito en su carta. Con ella me puso en evidencia a mí (por amigo) conmigo mismo. Habíamos quedado este mes de septiembre para comer aunque él ya sabía que iba a faltar a la cita. Pedazo cabrón. Yo ni me había dado cuenta de su ligero titubeo a la hora de escoger la fecha. Ahora lo pienso. A posteriori, como siempre. Hay un punto de culpabilidad para el amigo del suicida, piensas las veces que te pidió ayuda y tú no supiste entenderlo. Juan lloraba al teléfono diciéndome que en la vida ni en la muerte nadie debe ser tan egoísta, que eso no se le hace a unos padres. Juan recitaba de memoria los cuatro o cinco amigos que se le fueron de su lado vía cáncer (uno todavía en trance) y que lucharon hasta el final con su destino. La pobre Yolanda, me decía, con un hijo de tres años peleó hasta el final y este capullo decide dejarlo todo a los 40 años.
Ahora a mi cerebro se le da por recordar frases de nuestras interminables sobremesas. El destino lo elegimos nosotros, me lo decía mirándome a los ojos. Eligió el día. Lo eligió pensando en las vacaciones de su hermana, en las fiestas del pueblo de su cuñado y en los exámenes de sus sobrinos. Eso también lo dejó por escrito, aunque tenía mala letra, se le entendió bien. Yo no fui al entierro. Un sentimiento raro, extraño, me invadió desde el momento en que Juan me llamó. Creo que más que triste estaba enfadado. Intentas ponerte en su piel, piensas en esos últimos momentos. ¿Habría dormido la noche anterior? ¿Uno se suicida ojeroso o perfectamente descansado? ¿Escribió sólo una carta o hizo borradores? Me lo imagino pensando las razones que lo llevaron a suicidarse. Un suicida nunca avisa, todos aquellos que dicen que se van a suicidar no lo hacen en su vida. Es que en muerte uno ya no se puede suicidar, le respondí a mi cuñado cuando sacó a colación semejante delirio filosófico. ¿Qué pensaría René, la portera? Lo habría descrito mejor que yo, de eso estoy seguro. ¿Por qué me quedé sin saber muy bien que hacer, que pensar, que decir? Nos conocimos en los primeros años en la facultad. Suso era un año más joven. Llegó a la pensión con su timidez social pero con una inteligencia desbordante y un alto sentido de la lealtad. Siempre nos llevamos bien. Estudiábamos por las noches, y sobre la una de la mañana nos íbamos a tomar un colacao con galletas a la cocina de la señora Lola. Era tiempo de frío, soledad, aburrimiento, estudio, cristales mojados, calefacción de madera, mesa interminable en donde jugábamos al píng-pong con libretas como raquetas y los cartones de la leche como red, eran momentos de amistad, de cervezas y de sueños sin romper.
Desde que me enteré de la muerte de Suso no dejo de pensar en aquella noche que ambos cogimos una caja de galletas y en un arrebato infantil yo le clavé un cuchillo por fuera para ver como se partían todas las gallegas. ¡Hay que ser imbécil! Pero el cuchillo pasó entre las dos filas de galletas y no fui capaz de romper ni una. Aquel día seguro que en mi subconsciente se quedó la idea de que no valgo ni para jugar con cuchillos ni para matar a una galleta. Está claro que Suso debió pensar de distinta manera.





yeidylayei dijo
siento mucho la partida de tu amigo, sus razones tendria para hacer lo k hizo, no trato d justificar su muerte, ni hablar del pecado del suicidio ni nada de eso, hablo del ser humano que se fue y que se estrañara y hasta en su muerte fue leal a tu amistad, ya no importa que para sep te hubiece dejado plantado para la cita a almorzar, te dejo para siempre ni importa lamentarse x lo k debiste aconsejarle y cuanto lo huebieces entendido solo el sabe como fueron sus ultimas horas y sus ultimos momentos, k tener cojones para tal acto....nene...a mi me parece muy triste, y entiendo cada linea, ah si que las entiendo..besos...se te quiere gratis
13 Septiembre 2010 | 06:08 PM