A Javi, un amigo.
Hace unos días escribí sobre las rarezas de mis amigos raros, escribí sobre mi amigo Javi, un querido y admirado veterinario con el que siempre congeniamos. Dentro de un par de horas me voy a su funeral. Su mujer lo encontró el domingo por la mañana en su clínica después de ir por la noche para ver como evolucionaba una cirugía que acababa de practicar en uno de sus pacientes. Paso de empezar a hablar bien de Javi, paso de empezar a decir que la vida hay que aprovecharla, que todo es muy leve, que se van los que menos lo merecen, y que este viaje cobra los intereses con los que quedan: esposa hijos, padres, amigos. Yo sé que dentro de poco también me tocará a mí, y para ser el hijoputa que ahora mismo soy, te diré que en breve también te tocará a ti que me lees, y si la cosa va normal, tus hijos te morirán después que tú, pero a lo mejor los tienes que llevar tú en hombros, como hoy los padres de Javi lo llevarán a él. Nos empeñamos en querer demostrar a los demás tantas cosas, en educar a nuestros hijos de cara a un futuro que no existe, nos amargamos en perder el tiempo y en ganar enfados, en robar cariño para dedicárselo a múltiples actividades todas ellas absurdas, ilógicas, tan intrascendentales como estas putas letras. Seguimos empeñados en creer que somos distintos, hasta que un día, el corazón dice hasta aquí llego, o a unas cuantas células grises se les dan por dividirse mucho más rápido de lo normal y te aparece un tumor del tamaño de una pelota de baloncesto entre las meninges y la masa cerebral. Somos muy poquita cosa y la única respuesta que se nos ocurre ante la levedad del ser es inventarse un más allá, un dios, un ente, un algo que justifique nuestra más que demostrada absurdez existencial. Javi deja a dos chavales, de 5 y 2 años. Al lado del trabajo de mi padre está el colegio en donde Javi dejaba a su hija mayor. Mi padre lo recordará como aquel chico que se escapaba de la clínica en bicicleta a la hora del recreo para espiar a su niña en el patio desde la esquina de la Calle Real, le preocupaba que se comiera el bocadillo. Yo no tengo ganas ni de escribir, pero ya que no tengo amigos con hombros en donde llorar, me agarro a estas letras como mecanismo de escapatoria, como una muestra más de cobardía.
Llegará un día en que yo no escriba ningún post, los cuatro que me leen pensarán que por fin me he entrado el juicio y he dejado de escribir, pero nadie creerá que quizás me haya muerto y lo que es peor es que nunca lo sabrán, porque este rincón no sólo es anónimo, sino que también es secreto. Hasta ese día, tendréis que aguatar mis mierdas, esas cuatro historias que tanto repito y que ni yo mismo me creo, esas imbecilidades con las que pierdo el tiempo, esta retahíla de tópicos que repito sin cesar y que ni me ayuda ni ayudará a nadie a ser feliz.
Me cuesta creer que nunca más lo volveré a ver.





lasrecetasdeteresa dijo
Hola Nacho, bueno que triste, de verdad que lo siento mucho por tu amigo, y esos niños que ha dejado, la vida es así cuando no te lo esperas te pillo, si nos diéramos cuenta de lo que somos y lo poco que valemos seriamos mejores personas.
Nacho espero poderte leer muchísimo tiempo, eso sera que los dos seguimos por aquí. Un Beso
26 Abril 2010 | 03:54 PM