Un trocito antiguo (fragmento)
(...)Y ya fuese a base de las explicaciones palpables y audibles con sus amigos - cada vez más raras, cada vez más distantes- , o a través de los senderos que dejaron sus siempre escondidos versos por cajones, el caso es que a Raúl Pérez siempre le resultaba inútil la búsqueda del nacimiento de los envites que lo impulsaban hacia las aperturas del alma en solitario, y sobre todo cuando en el día a día se colocaba delante de los ojos de quien siempre le escuchó y le amó, los constantemente amados ojos de Carmen, su mujer, su Carmen, la mujer que con su mirada al frente, limpia y penetrante, lo había atrapado desde el primer día en que la vió, el día en el que un rayo de Luna llena iluminó su mirada reinando en toda su extensión; aquellos ojos, a los que él amó denodadamente, a los que rindió pleitesía y se rindió ante sus órdenes y pareceres, aquellos a los que nunca pudo hablar por miedo a su propia cobardía, los ojos por antonomasia, los ojos de quien de verdad le quería, los ojos que le regalaban espacio, que le daban tiempo, los ojos que nunca preguntaron nada aunque supiesen perfectamente que sus huidas a los papeles guardaban mucho más de lo que él decía, de lo que él sentía; aquellos ojos eran la expresión de amar más pura que él conoció, que él sintió, que él rozó, eran simplemente el lugar en donde no había cabida para el espionaje ni para la desconfianza, porque otra cosa no, pero en el sentir nadie pudo ganar a Carmen, era un sentir tan honrado y sincero que siempre quiso que su marido fuese él en estado puro, en estado esencial, ese mismo estado que lo hacía diferente, y que lo separaba y diferenciaba del resto de los mortales, el estado desde el cual ella lo amaba y él se moría por poder, un día, llegar a rozarla (...).


cambio-cuentos-por-globos dijo
uffff, no hay amores tan puros si no son enfermizos....
7 Mayo 2010 | 10:55 PM